15 may. 2007

De Jarastepar a la Almola: Sierra del Oreganal (12/may/2007)

El sábado 12 de Mayo, en este año venturoso en que casi todo lo programado en las excursiones se lleva a buen término, todavía no del todo repuestos de la satisfacción de haber hallado buena forma de remontar la Caína hasta Enamorados, nos dispusimos a la muy deseada travesía de Jarastepar hasta la Almola.

Lo peor del día fueron las ausencias, pues a la de nuestro güebmaestre, se unieron tantas otras, entre males del cuerpo e impedimentos diversos, que sólo fuimos una decena de mineros: los incombustibles Ernesto, Arantza, Teresa, Lola Pé, Semi y Alberto, Pepe Cavaliere, Roberto, Angel y el suscribiente.

Tras haber salido como de costumbre y desayunado en Chez Pepe –donde saludamos a Juan de Dios, que tan amablemente visita nuestra página y nos sugirió un error en pie de foto que subsanamos con gusto- dejamos dos coches en un ensanche junto al km 2 de la carretera que va desde la de Ronda a San Pedro en dirección a Cartajima. Todos subidos en los dos coches restantes, continuamos por Cartajima, Júzcar, Faraján y Alpandeire; rebasamos la sede de la catedral de la Serranía y seguimos hacia el puerto de Encinas Borrachas; unos 2,8 km antes del puerto, en un ensanche de la cuneta, dejamos los coches y comenzamos a caminar.
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En cuanto se pudo, pasamos la alambrada de la falda occidental de Jarastepar y por un sendero ganadero bastante bien marcado fuimos ascendiendo hacia el Este; cada vez que mirábamos hacia atrás para ver nuestro progreso, aparecían más vistas: Atajate, Benadalid y Belalauría con Benarrabá; luego, por detrás, Cortes y el Ventana; hacia el Sur, Crestellina, Los Reales y el Valle del Genal poblado de castaños con hoja nueva. Hacía calor y recordábamos la anterior ascensión, con nieve por el tobillo y niebla cerrada, qué diferencia.

Cuando alcanzamos el borde de la enorme meseta calcárea de Jarastepar no tuvimos más que reagruparnos, buscar un paso cómodo por la alambrada que separa los términos de Alpandeire y Júzcar, y llegarnos hasta el vértice geodésico cuyo monolito tiene una placa que señala la altitud: 1427 m sobre el agua del puerto de Alicante. Y ahora, tras las fotos, a recorrer la preciosa planicie, los Llanos de Piche, con magníficas dolinas y todo el piornal florido entremezclado de gamones.

Sabíamos, que para algo están los planos, que había que tirar al Noreste, ya que seguir directos hacia Levante por la línea recta hacia el Almola nos metería de lleno en el precioso laberinto, precioso, pero laberinto, de los Riscos de Cartajima; por ello fuimos siempre buscando descrestar arrimándonos a los límites más septentrionales de la meseta de Jarastepar. Veíamos la comarca de Ronda, y al frente de nuestro camino, Enamorados, La Torrecilla, Alcojona, Abanto y Cascajares. La senda que el ganado tenía marcada, con ese típico manchurreo rojizo sobre la caliza tan típico y tan repetido en las montañas malagueñas, nos venía estupendamente, así que la seguimos sin dudar.

Y cada vez se veían más cerca por nuestra derecha –por el Sur- farallones muy karstificados que no eran sino las partes cimeras de los aludidos Riscos, que evitábamos certeramente. Pasando el término de La Moraleja, empezamos a ver la magnífica mole de la Cancha de Almola, cuyas verticales paredes occidentales, tan características, nos servían de referencia para no errar el rumbo, aunque no las buscábamos por derecho, sino siempre pretendiendo rodear afinando hacia el Noreste. Así las cosas, no fuimos capaces, sin apartarnos de las sendas ovinas por las que tan bien avanzábamos, de encontrar un majuelo presentable para comer a su sombra, que otra no había; por fin, en un tramo en que caminábamos casi totalmente al Norte, para evitar un cerro un tanto abrupto, dando vista a Ronda, espléndida siempre, llegamos a una dolina en cuyas paredes nos sentamos a resguardo del sol acurrucados. Comimos desparramados por la escasa sombra y no estando el que siempre nos arrea, nos pusimos pronto en camino, pues no estábamos aún seguros de no encontrar impedimentos que nos hicieran volver sobre nuestros pasos. Buscando la dirección al Este, pues la meseta ya se inclinaba y dejaba de serlo, cresteamos hacia una alambrada desde donde divisamos la Almola en todo su esplendor y un vistoso karst no muy complejo a nuestros pies, que debíamos atravesar. Nos hicimos una composición desde arriba de la ruta más asequible y, tras marchar un rato hombres y mujeres separados, por mor del punto de paso de la alambrada, nos reagrupamos ya en pleno lapiaz, aunque lapiaz fue todo el día, ya con los Riscos de Cartajima a la derecha, salvados, y la Almola casi al frente, seguros ya de completar la travesía.

Y nos topamos con el guarda de la finca, que empezó reconviniéndonos algo ásperamente por transitar por lugares alambrados y sin caminos; algo se discutió sobre lo de las puertas del campo y evidenciamos nuestra condición de no abigeos ni furtivos, declarándonos gente de bien, respetuosos con el pastoreo extensivo y cuidadosos con las alambradas menos cuando nos cabrean, aunque esto último no se dijo en voz alta. Tras acercar al hombre a nuestro terreno y terminar amistosos, nos indicó por dónde llegar del mejor modo al collado entre los Riscos y la Almola; y en ello estábamos cuando se hizo notar otro señor, también con garrote y escopeta, que debía ser el amo; el que suscribe ascendió hasta el roquedo desde nos indicaba a voces que aquello era finca y todo eso, pero terminamos más amigos que borricos, comentando las tribulaciones de los pastores de hoy con tanta mala persona suelta por el campo; nos despedimos y ya todos juntos, nos extasiamos ante unos magníficos pliegues en las margocalizas del pie occidental de la Almola.

Bajamos por el borde de otra alambrada hacia la ladera norte del cerro de Malhacer, por cuya derecha veíamos Cartajima y por su izquierda Parauta. Al llegar al barranco de Bolones, que marca el límite entre Almola y Malhacer, nos dimos el deseado pediluvio en un pilón, oportuno como pocos. Bajamos por el susodicho barranco hasta alcanzar la carretera, junto al cortijo de las Aguzaderas, que está en un inconfundible collado entre el ya nombrado cerro de Malhacer y cerro Gordo, a menos de 1 km de donde habíamos dejado el primer par de coches, contentísimos por el precioso recorrido y por haberlo completado sin contratiempos.

Después de eso, sólo nos quedó tomar unos refrescos en Faraján y recuperar el par de coches restante; aún nos quedó tiempo de salvar la vida de un extraordinario ejemplar de Elaphe scalaris de más de 1 m que se calentaba en el asfalto sin reparar en que no todo el mundo esquiva las bichas y las arrea para que se pongan a salvo ...


Estas son las fotos probatorias.